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17.8.08

Divagar con fiebre


Mi mirada divaga. Me encuentro sentado en un sillón, envuelto en frazadas, despanzurrado, sin remedio, con los párpados tiritando, y con los ojos entrecerrados. Hace un rato veía burbujitas de luz difuminadas que se expandían y se contraían con una cadencia peculiar. Me concentré en el ojo derecho, la velocidad con la que la membrana temblaba era extraña, no permitía pasar a las imágenes, sólo filtraba esas extrañas burbujas que me obsesionaban. En fin, la fiebre subía y la lectura que había comenzado veinte minutos antes ya no tenía espacio en mi recuerdo. Decidí con firmeza recobrarme de ese estado tan cagado, levantarme y escribir. Tal vez es la única manera de cargar con mi propio cuerpo, de olvidar el vértigo en mi tórax que me aprieta las costillas y me impide cazar todas esas ideas libres que brotan sin cesar de mi cabeza y que merecen castigo inmediato, ser encerradas en cárceles de papel. Imágenes que con insolencia me quieren avergonzar interiormente, se burlan de mi incapacidad para atraparlas, me llaman inútil, demuestran su grandeza y mi deplorable estado, se hacen magníficas a sí mismas. Es horrendo escuchar tanta soberbia que brota de mí, y ser consciente de ello. Pero así son ese tipo de pensamientos, se consideran especiales, libres y hasta artistas, qué sé yo, tal vez sí lo sean, mi trabajo era callarlas, pues esta fiebre las avienta hacia mí con efervescencia. Son muchas, imbatibles.

Excúsenme un momento, voy al baño a botar esa masa líquida que no puedo tragar, que esta pintada con un poco de 'asceptil rojo', y que atormenta con hincones mi garganta. De pasada vigilaré a mis hermanos menores, para cerciorar si están atentos a mí y mis desvaríos. No me quiero morir.

Ah… Sigo en el mismo estado, mi endeble cuerpo apenas puede mantenerse sentado –espero puedan creerme, escribo esto en medio de una ineluctable situación febril-. Y, si puedo escribir es porque, muy extrañamente, esta fiebre ha revuelto mi cabeza, como si de mis cajones de ropa se estuviesen escapando mis calzoncillos con dibujitos de la primaria, y tener tanto en mente me aturde, pero creo que puedo organizar un poco esto, aunque no sepamos bien de que estoy hablando. Esto es algo así como un sueño lisérgico, y no sé que es eso.

Por otro lado, me he dado cuenta que las ideas que en mí brotan, evolucionan peculiarmente. Cuando estuve escupiendo al water, pensé en éste y su ‘abnegada’ (no encontré otra palabra, en realidad ésa salto a mi mente, debe ser por algo) labor. Él recibe nuestros desechos, los traga y representa limpieza, ¿Cómo se sentirá?, por un momento lo amé con hilaridad, y es que a estas alturas, amar y querer llegan a equipararse, y mi hilaridad puede confundirse con vesania. Aunque mi risas duelan en cada vértebra y el termómetro se haya desmedido junto al estado de mis emociones. Ahora parezco en estado etílico, pero yo quiero estar sobrio.

Me fui a orinar al water (a dos metros de mi cuarto, muchos pasos con las manos apoyadas en lo que parezca estable –el gato parece estable, pero no lo es-), y cuando regresé, me di cuenta que, como lo había amado, lo había olvidado, con el mismo frenesí alcohólico – me refiero a ese maldito y blancuzco retrete-. Es difícil discernir en esta condición al culpable de este texto, y siguiendo con mi tradición, con argumentos más extraños que de costumbre, culparé a esas volátiles, tormentosas, extrañas, y en esta ocasión, febriles ideas que solo atinan a joder y hacerse presentes, como si quisieran ser atrapadas, para luego, correr despavoridas ante mi vehemente decisión de atraparlas, sacarles la conchesumare y dejarlas aún mas moribundas que yo, ahora.

Porque, así como son de volátiles, saltando de nube en luna y de luna en nube, son atrayentes al extremo de desconcertar mi desconcentrada mirada, y simular en mí esos saltos magníficos y extraterrestres. Salto con ellas con la intención de atraparlas, lo cual me llevas por mundos distintos, casi mágicos. Ideas malditas, me sacan de la realidad y me llevan por variados caminos. Me captura la idea de capturarlas, y brinco tan lejos como ellas, pero de párrafos en temas y de temas en párrafos.

Parezco ebrio, estoy sedado, no sé, pero tengo alguna sustancia de farmacia que me tiene torpe. Sin embargo, siento la necesidad de enseñarles a cazar esas ideas, es difícil, por lo menos para alguien que tiene fiebre. Primero, creo que es necesario tener la febril decisión de atrapar si quiera una, para luego como trofeo de guerra, aún viva, colgarla de tu lengua y vanagloriarte de tu hazaña. Es menester, para que la idea se mantenga en tu lengua, que antes la hagas tangible en una cárcel –papel, una pared, una computadora... yo las atrapé con los algodones, despabilados, con los que hice algunas formas. Por alguna razón se escaparon de esa cárcel-, la calidad de la cárcel no importa, tal vez más adelante la debas transferir a otra de más seguridad -y meterle unos cuantos salivosos pollitos, en alguna conversación con amigos, como si estuvieses puliendo una escultura-. Esclavizar en este caso, sí es válido.

¿Como la encarcelas? Creo que es sencillo en teoría, sólo debes poseer armas y técnicas más letales de las que estás acostumbrado a usar. Me explico. En esta lucha, deben ser las más certeras, para cazarla de un tiro. Debes persistir mucho a pesar de que al inicio sólo caces éter y pedacitos de ‘pierna de idea’ – dándole antropomorfismo a esas deidades llamadas ideas, como en los inicios del hombre –. Además, caza una por una, no importa que las demás jodan, esas pendejas se protegen así, distrayéndote.

Me toco la frente, la fiebre ya no es novedosa. En eso, “Lucidez” regresa en un caballo blanco, como en una película épica. Pero las centelleantes ideas que revolotean tras ella, la hacen tropezar impidiéndole que termine con el malévolo juego. Cada vez son más y no escatiman ante la pérdida de sus ideas amigas, que voy cazando. Como en una guerra, sin importarles las vidas de las suyas, las ideas esperan a que yo sea quien capitule y me deje atormentar, tal vez eso suceda, espero que no. Sin embargo, 'Lucidez', que es mi amiga, ya casi derrotada me entrega un amuleto. Me vigorizo, pero Lucidez ya no está. Este amuleto tiene la imagen de una chica, espléndida, de cabello ondulado, castaño al igual que sus ojos, tez clara, rostro sonrosado, y unos cachetes con el volumen de grandes rosas, que crean una ilusión espectacular y le dan un relieve impactante. Tiene una sonrisa sinuosa, al igual que su mirada, tan hermosa y tan críptica. Sus grandes ojos no se posan en nada, mientras la observo - como de costumbre, ella es una droga milagrosa – siento que lo sabe, que sus ojos logran captar mi mirada. Es inefable, pero intentaré describir el aura que ella irradia – creo que para mí, detallar aquel halo imperceptible, es mucho más que dificultoso- es incoloro, pero deslumbrante. Sus aires de intelectual, artista, - Uy, esta idea se me escapó, maldita, cazaré más-, es única… Tiemblo. Lucidez me dice que me deje llevar, y vuelve a desaparecer. Sin Lucidez a mi costado, vuelvo a luchar por mi vida contra las, ahora demoníacas, ideas que están en ebullición por la fiebre no aplacada. Estas han tomado mi amuleto, aprovechando que yo descuartizaba a una de ellas. Lo cargan, lo multiplican, y la hacen monstruosa. La elevan hasta el techo, cerca al foco, lejísimos, tanto que mirarla deformarse con tanta luz me hace llorar de la nada. Nada queda de repente.

Siempre cargue amuletos, pero nunca fue el mismo, se me han ido cayendo en batallas que no libre -por huir rápido- por eso me decido a conservar éste. Aunque tenga que subir hasta ese foco y romperlo. Me pongo a pensar en los cuadros de Dalí, y cómo me encantaría pintar algunos similares en honor a mi 'Gala'.

Mi mirada salta de cosa en cosa. Se enfoca en mi interior, en ese cuadro celestial de ideas revoloteando como vampiros despavoridos, y pienso: ¿Cómo esas ideas libres, volátiles, antropomorfas y a la vez amorfas o tal vez multiformes, pueden crear mundos con ese potencial inaudito? Espero algún día dejar de bregar con ellas, y que ellas pasen a combatir prestamente junto a mí, es decir atraparlas, domarlas y someterlas con furia. Y ser Nerón y quemar mi mente, su ciudad, para que mueran. Y darles pasto fresco. Y a pesar de que el cuerpo me quema, me muero de frío. Necesito más frazadas.

Me siento limitado en ese juego tembloroso. En zozobra. Harto de sentir el agobio de esas ideas incapturables, comienzo a pensar que yo soy el objetivo, que soy una idea más y que estoy revoloteando alrededor de alguien, contribuyendo a que se confunda más. Veo mis alitas de hada ideal, mi rostro endiablado, y todo yo zumbo sin remedio. Joder a alguien y no dejarse atrapar. Comienza a divagar.
(Texto desenterrado del centro de la tierra que se escurrió por el blancuzco water, hace mucho. Ridículo es decirlo, pero sí fue fiebre. Muy alta)

7.8.08

Se consume...


Cada vez se terminan más pronto. Y aunque sean muchos, son pocos los que consumidos, no se pueden olvidar.

(Al dinosauriesco estilo de mi abuelita, mentora de Monterroso)

6.8.08

Árbol de ojos



Pictures of You - The Cure - Disintegration

Hace tiempo quiero decírselo a ella, pero no puedo. Además esto cada vez me tiene peor, o sea, no niego que es satisfactorio, pero sólo es un rato, después vivo hundido. Esas visiones... Pues, te las diré, aunque de repente las subestimes y me creas un huevón. No estoy loco, creo. He visto tanto, de todas esas formas, la misma cosa... y me marea pensar en eso, tanto que quisiera tan sólo dejarme llevar por las reglas normales de la vida, si es que existen, o sea por lo que hacen todos, ¿no?

¿No? Me hablaba con esa confianza de amigos, jaja, ¡Pobre imbécil!, tenías que escucharlo, total no tenía nada que hacer y él iba a pagar el café. Además esa mesera tenía unas yucas deliciosas. Y que pierdo si escucho a un drogadicto de mierda desvariando. Si hubiese dicho algo divertido la hubiésemos pasado mejor. Pero ese culo de taza, y esas teteras, y ese cafecito que trajo la mesera, que buen disfrute que me dieron carajo. Bueno, aunque la conversación me hizo pensar algo.

¿Le asegura que después de esto su vida va a cambiar? Y yo aquí, removiendo un té, mirando en todo la imagen de ella. Creyendo que el salir a caminar hasta perderme me despejaría, para que al final termine sentado en esta cafetería, donde dos chibolos hablan de la vida. ¿Proponer que una conversación le puede cambiar la vida a alguien? !Que iluso¡ Hay gente que no conoce los golpes de la vida, que no tienen la vida que tengo.

- ¿Tengo que ir yo de nuevo?- ¡Ay! entrégalo tú porfa. Ese rubio es un descarado. Y el que tiene cara de lorna parece loco, balancea la cabeza, y sólo mira al vacío. No es como la gente que viene siempre acá, tan nice, tan amable. Aunque, algo de lo que hablaba el de lentes me ha dejado pensando, algo sobre un árbol de ojos. Una monstruosidad, que todo el mundo ha visto, la fusión entre lo vegetal y lo visceral, tallos nérveos, ¿Qué es eso?... La visión de el mundo, y otras cosas. Y no le importaba que yo les hiciera el pedido, el tipo seguía hablando huevadas, parecía drogado. Una especie de filósofo pacharaco en trance. Jajaja, pacharaquísimo. ¡Ay!

El niño intentaba imaginar lo que le decían. Sus ojos brillaban al pensarlo, ciego y tanteando para llegar al árbol. Arrastrándose como un perro. Se imaginaba al tío de la calle que subía a los buses a cantar con su bastón y su caja de música, sólo que ésta vez eran ojos los que lo rodeaban y no gente como al tío. Él se imaginaba sangre aunque el señor de lentes nunca dijo eso. Sólo dijo que por un rato vió... y lo que vió era asombroso. Sí, vió... Ese señor vió eso de donde se reparten los ojos a toda la gente, donde se fabricaban los ojos. Ese señor me tiene sujeto.

Sujeto interesante. Pero será mejor que interrumpa, ese niño tiene que ir a trabajar, él no puede vulnerar la libertad de los otros, así sea un niño. Sin embargo, esa visión... Nunca antes me había percatado de eso. Un niño trabajador, un futuro padre, trabajador también, que podría seguir vendiendo caramelos, o trabajar en una fábrica de caramelos y sus futuros hijos, fruneros... Y la fruna, si fuese un ser viviente vería como un niño triste comercia con ella, abusa de ella, ¡Eso ya es estúpido!. Pero después, eso de vender cachorros, traficar niños. Eso no se le dice a un niño inocente. Aunque, parece que el pequeño estuviese reflexionando. Se le nota ese brillo en los ojos.

Sus ojos en el niño, y de ratos al frente, mirando el brillo de sus lentes. Pensando cuanto droga se habrá metido ese conchasumare, pensando en cómo pararlo. Pero con la duda, la mesera con esas piernazas, nada atractivas para él. La mesera, podría estar juzgándolos, siguiendo el coqueteo que le acababa de hacer, mirando el bulto de su cierre, o aborreciéndolo. Y ese huevón como sabe que él la estaba mirando. Encima supone que se ha erectado, no creo que le ande mirando la bragueta, además no tendría cómo.

¿Cómo me atormenta eso? ¿Qué, cómo? ¿No te atormenta pensar en todo lo que puede pasar en la mente de tu flaca? Al ver en la universidad a tantos chicos guapos mirándole las tetas como tu miras a esa mesera. Sí pues, pienso mucho en huevadas así, no exactamente así, porque eso es estar loco, sin embargo me atormentan. Porque después de lo del árbol, quise ver lo que veían los demás...

-Ver todas las perspectivas que el árbol predispone en cada hombre, en un par de ojos, desde que nace y a través de toda su vida- Está loco, susurró, moviendo su té –Qué estará pensando ella ahora que se ha ido, después de yo haberle dado tanto- movía los labios lentamente.

Lentamente acércate, así caleta y escúchalos tú. Pero así caleta nomás. La tercera vez que pasé seguían hablando cosas raras, pero ahora creo que no son tan locos. Estuve pensando, cuanta gente estará mirando su reflejo en sus tazas, toda esa gente amable que viene sola, a mirar sus rostros, marrones en el líquido, y la gente que viene a sacar plan... El de lentes dijo eso...

Eso es bonito. Lo veo. Este señor, llegando a rastras al árbol, con ojos de todas las formas, colores y tamaños. Trepar a ciegas y agarrarse de una rama de ojos, sacar unos cuantos. ¿Y después todo blanco? Del negro al blanco. Un árbol como una montaña.

Más que eso. La fuente de todos las visiones. ¡Jaja! Babosadas. Sí, también vino acá. Pero en silencio. Nos metimos al estudio porque estaba revelando unas fotos, y ahí lo noté más nervioso. Así que le invité un güiro, aunque él no es de fumar, y me aceptó como nunca. No pensé que te diría esas huevadas, que se pondría así de necio.

Sí, hasta que agarre a tientas algo movedizo, resbaladizo. Y lo arranqué, porque imaginé que había llegado a escalar ese gran árbol hasta donde estaban las ramas, aunque abajo también habían bolitas. Quería tener una prueba. Pero cuando todo se puso blanco y luego desperté no tenía nada. Pero en mí había algo, se me dio por querer imaginar, ver lo que otros pensaban. Al principio me fascinó la idea, y pensé hacer fotos artísticas, luego vi tantas cosas contradictorias. Veía seis perspectivas de todo lo que pensaba, aunque pocas, eso me comenzó a joder. Después, camino al estudio recordé que la rama tenía seis esferas. Imagínate, toda la gente mirando algo extraordinario, y pasarlo desapercibido. Porque todos han recibido sus ojos de aquel árbol. Pero también creo que es esa mierda que me invitaron... Que me regaló la tierra. La tierra de donde salió el árbol, que le dio los ojos a un tipo para que viera que esa planta podía hacernos reír. ¡Jajaja! Pero te aseguro que no es eso lo que me provocó esto, ya lo había pensado antes de ir al estudio fotográfico. En fin, ya me ordenaré, y aunque soy bruto para escribir, plasmaré esta visión de alguna manera. ¿Aunque alguien puede estar haciéndolo no? Tal vez sea ese niño vendedor quien lo escriba cuando sea grande. Jaja, creo q sí estoy un poco alterado, que el niño publique esto es imposible. Estoy un poco paranoico. Discúlpame, yo no le hablo así a todo el mundo, por eso te dije al principio que se lo quería decir solo a ella. Ella si me hubiese escuchado. Eso me habría tranquilizado.

Tranquilo, el niño, después de haberse demorado tanto en la cafetería se fue caminando a su casa, casi sin pensar en él, sino que pensando en todos los probables futuros que el señor le había dicho (yo diría profetizado). Ya en su habitación, quiso verse cerca al árbol, y ver lo que veían los demás, como lo hacía ese señor. Pero sabía que eso era imposible. Así que agarró su lapicero y se conformó con dibujar sólo lo que vió. Aquel señor.

3.8.08

EL TEATRO VERDE


Los globos oculares todo verdes se movían muy rápido, el reptar sigiloso tensionaba el ambiente y esa lengua babosa se movía al ritmo con la suya. –Silencio- susurra a su compañero – el camaleón bípedo se amarra al ser extraño también bípedo, lleno de pequeñas púas como uñas, ambos tienen como 2 metros…- observan ambos la escena apabullante, asociando parecidos, pero casi sin emitir sonidos. El científico joven sigue las órdenes, piensa en no mover un músculo, otea por detrás de la hierba aquella danza voluptuosa de esos seres reptilescos. El señor maestro, con una barba canosa no muy larga está sentado en el pasto a oscuras y hace apuntes en un pequeño libro apoyado a su pecho. Las extremidades se asen a los cuerpos escamados de ambos, simulan un beso estrujándose la piel, destruyéndose sin chistar. Apunta con tranquilidad. El macabro juego continúa sin mostrar fines, sin intento de concluir. –¿Apareamiento?- se atreve a pronunciar el joven con su engolada voz. Y… Todo se detiene. Ambos seres bufan observan alrededor del anfiteatro de maleza con malicia en los ojos, con un brillo humano en esos faroles verdes. Tirados en el pasto boca abajo, ambos compañeros intentan esconderse. Reptan y huyen con cautela, destruyen sus gabanes, rasgan sus pantalones, sus adminículos de estudio quedan regados circundando la escena, hacen movimientos violentos pero mudos. El joven intenta voltear, girar los ojos como lo hacían los seres extraños esos, pero no puede. Hace un giro y queda semi-sentado, mira el lugar donde estaban, apenas han avanzado quince metros, no se siente a salvo, no hay ruido, los seres extraños no están, lo único audible son los sonidos del roce de su cuerpo con la hierba y sus latidos violentos. –Malditos esperpentos- se dice mientras mira como por los frondosos árboles se desliza muy rápido algo como una soga y destella un brillo. –Simón ¡Corre!- se para y corre hacia su compañero, siete metros más lejos, quien aún está boca abajo en la oscuridad. – No son bestias, he visto una soga y un brillo metálico- habla casi gritando y se percata de que su colega está maniatado y quieto. Gira, voltea la cabeza en todas las direcciones posibles y de repente siente un apretón que lo tumba y lo deja sin aire.

El científico viejo se despierta primero, algo lo sedó después de ver a su compañero ser aplastado por aquél monstruo, y siente frío menos en la espalda, donde su colega está apoyado cabizbajo y desnudo, al igual que él. Se sacude intentando moverlo pero está rígido, aún sedado. Mira a su alrededor, están en el anfiteatro de malezas, donde un rato antes estuvieron los seres, donde todo alrededor es verde oscuro, todo está camuflado. Él sigue moviendo el hombro buscando respuesta, pero no se atreve a levantarse, porque se siente observado, ya que entre la hierba unos ojos de reptiles centellean verdosos en toda la circunferencia.

30.7.08

LOS OJOS DE SAYURI


Siempre la miro, es bella. Ahora está acurrucada en el sofá. Sus imperturbables ojazos verdes se dirigen a un punto como si ese fuese muchos lugares, pero sus músculos y toda ella están adormilados, sin poder moverse a todos los sitios en los que probablemente piensa, y que no creo que sean muchos, porque su frágil cuerpo prefiere la vida sedentaria, de seguro en un ambiente similar a la desordenada sala tapizada de cuadros en donde estamos.

Me acerco a su presencia –porque en ese momento parece no ser ella, sino tan sólo algo bonito que está–, donde las palabras no existen, donde sé que la comunicación tendrá que ser por otros medios. ¿Miradas, sonidos sin palabras, de repente caricias o tal vez la simple compañía? Pero eso es imposible, ella no mira a la persona que le habla, y se escapa ante la amenazante presencia de algo que se mueva. Yo. A veces es muy notoria al hacer esto, especialmente conmigo y eso no me parece cordial, pero la comprendo. Un tiempo yo también quise estar solo. Ahora ya no, por eso me acerco a ella y busco alguna forma de comunicarme para descubrir que piensa, aunque ese intento es muy notorio. Y parece que ella percibe una presencia más en su vida como algo desbordante.

Ella es. Porque tiene características especiales. Por ejemplo es muy huraña, le gusta descansar, nunca –que yo sepa – ha cruzado palabras con alguien, solapadamente emite agudos sonidos haciendo un cosquilleo en la garganta cuando quiere comer, porque no es capaz de servirse su comida, ni de humillarse a pedirla, aunque eso es casi innecesario porque su comida está lista a la hora que sé que tiene hambre. Tal vez parezca que abusa de mis servicios, pero no me molesta. Digo que ‘ella es’, porque para mí es única, tal vez no sea una buena forma de decirlo. Pero ella es así, rara, no piensen que invento a otro personaje o a un fantasma, no soy animal –si bien no estoy seguro de la totalidad de esa afirmación, digamos que no-.

Yo estoy solo y no sé exactamente porque la albergo. Una vez la vi fuera de mi casa como quien espera algo y como hacía frío y era muy bonita, me armé de valor y la invité a pasar. Pero yo sólo quería admirarla y, como hace tiempo anhelo, a alguien con vida que me acompañe. Es que mi soledad es patética y me obliga a crear personajes, como el señor inodoro, que a pesar de mi maltrato no se aleja de mí, o el señor televisor, tan voluble. La señora cama, con quien hago el amor, y que se presta para soportar mis precipitaciones en ella. Incluso una vez, hace mucho, se prestó para un trío. No pensé que haría eso, ¡Que malcriados que somos! Aunque no sé quien la crió así de descarnada, tampoco importa, como no importarían mis padres sino fuera por la pensión. En fin, son muchos personajes. Pero ella. Pero ella, a diferencia de lo que me rodea, se mueve de vez en cuando y a veces, como yo, huele mis tubos de óleo. Su conducta es tan grácil que mirar sus ojos verdes me ruborizaba. Sin embargo hoy ya no aguanté, quise conocer el porqué de sus húmedos ojos verdes, ya que siempre estoy demasiado pendiente de los colores y hablo mucho de éstos. En general hablo mucho. Y aunque no lo crean, no me había percatado del muerto verdor al fondo de sus ojos brillantes.

Por eso estoy acá, dispuesto, tan cerca de ella.

Me acerco a Sayuri. (Yo le nombré así, aunque ella nunca me nombró)

- Sayuri- Musito con la fe de que puedo escucharle una palabra. Escudado para el silencio con lo que aprendí gracias a mis otros personajes: el silencio significa que los he dejado pensando con mis profundas palabras-.

- …

Me animo a tocarla –porque la soledad me precipita a lo vivo. Y ante mí, alguien a quien puedo mostrarle todo lo que he hecho – y le acaricio torpemente la gargantita. Me doy cuenta que trepida. Busco sus ojos. Ella los entorna y levemente mueve la cabeza, como si me permitiera tocarla, pero no más.

- Discúlpame. Soy un torpe, no soy un morboso, no me creas… no me… Sólo quiero explicarte todo lo que he pintado en esta habitación, y mi orden… pero, discúlpame, soy un torpe, un charlatán, es que no tengo practica…Tengo bonitos colores, ¿Ves? Yo te he visto oliéndolos, como yo. Creo que no te hace gracia mi comentario.

Discúlpame
de nuevo, no debería pedir tantas disculpas, discúlpame… Tus ojos. Ese color, enséñame…- hablé en tono confuso, no pude completar oración, y sinceramente creí que eso no tenía objetivo. Misteriosamente, ella, Sayuri. ¡Volteó hacia mí! Ceremoniosamente entreabrió sus ojazos, mirándome como un ridículo. En sus ojos, el húmedo reflejo hizo que me viera, silueteado, un poco deforme, aguado e inestable. Entonces algo dentro de mí se encandiló y sentí mojado, no preciso qué, pero hace tiempo vivía en la incertidumbre de eso y por un momento pude ver lo que era. Entendí la soledad.

Ella era la soledad encarnada y yo uno de sus personajes. Uno que no aguantó el inmutable silencio de su entorno. Que se trastocó. Entonces, ella se erizó, bostezó, me dedicó un maullido, y saltó. Seguro se iría a algún lugar de la casa a buscar comida. Yo. Ya no sé.